A falta de pocos días los dos grandes acontecimientos del mes de noviembre: Mi cumpleaños y El Salón del Manga en Barcelona, os pongo muy rápidamente mis reseñas de libros referida al mes de octubre.

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Si esto de los blogs hubiera aparecido en mis años de estudiante (donde me desahogaba en chats y páginas de Expediente X), hubiera podido contar en tiempo real lo que era la facultad de Biblioteconomía antes del traslado a la Alcazaba.
En esos años, el casco antiguo de Badajoz estaba tomado por la basura, las cacas de perros y los cascotes de los edificios que se caían literalmente encima del incauto paseante. Alguna iniciativa (como un mercadillo de antigüedades y fiestas patronales) se pusieron en marcha para revitalizar una zona olvidada. Badajoz tenía la mala pata de no ser ni capital europea de nada, ni siquiera de contar con la eficaz gestión alemana, japonesa, francesa o inglesa. En todos esos países, un barrio antiguo no se degrada así porque así; e incluso tras las guerras y hecatombes diversas han sido capaces de regenerarse.
Por otro lado, la facultad de Biblioteconomía malvivía con sus alumnos encajonados en unas escasas habitaciones "cedidas" por una residencia universitaria. Um... Que bien me sentaba a mi el olor a basura y a desagüe por las mañanas bien tempranito. Los alumnos reclamaban una facultad (a ser posible, y lo más lógico, en el campus universitario, con el resto de alumnos de la UNEX).
Pero entonces un grupo de cabezas bien pensantes decidieron unir: zona degradada + actividad estudiantil = casco histórico recuperado. Y por ese motivo, la nueva facultad de Biblioteconomía, Documentación y Comunicación audiovisual se ubicó en el interior de la muralla de la Alcazaba (ver fotografía superior), aprovechando el hospital militar abandonado y en ruinas. Además, estaba también la Biblioteca de Extremadura, en situación parecida a la facultad.
Hasta ahí, con sus más y sus menos, se puso en marcha el proyecto. Como el hospital militar era demasiado pequeño para dar cabida a todas las necesidades de la facultad y la biblioteca regional, se propuso la creación de un "cubo". A todo esto, los alumnos se sentían como piezas de ajedrez en un complicado juego, o más bien, como unos niños a los que había que mentir y convencer para que aceptaran sin aspavientos la medicina que se les pretendía dar ("que sí, que tendréis mucho espacio; que ya veréis que facultad más bonita; que no tendréis que estar subiendo y bajando de los autobuses todo el día...")
Yo fui de los alumnos que inauguramos las instalaciones en la alcazaba. Recuerdo esos primeros meses en los que se cortaba la luz, se inundaban las salas, no había cafetería... También, que las clases (solo tres aularios) tenían unas ingeniosas ventanas para que circulara el aire y así ahorrar en aire acondicionado (buena idea, sí) pero que permitía pasar todos los sonidos de todas las aulas. Quizá lo que pretendían era que los alumnos se sacaran todos los cursos a la vez, escuchando a tres profesores distintos por hora.
Después, inevitablemente, el roce hace el cariño. Las cosas empezaron a funcionar, los profesores y alumnos se acostumbraron al ruido. La cafetería que se abrió resultó ser un bonito lugar de reunión, y hasta la biblioteca empezó a ser frecuentada por la gente del barrio.
Y después de todo eso, los Amigos de Badajoz ganan la querella que interpusieron contra el "cubo" de la Alcazaba (es decir, el 90% de mi facultad), y el juez ordena su derribo, siete años después de su inauguración. No una reforma (como pintar el exterior del color "caqui" de los restos de la muralla), ni una solución intermedia que no suponga gastarse casi el triple de lo que costó edificar el cubo. No, directamente, a derribarlo.
Supongo que los Amigos de Badajoz, a quienes yo admiraba por su labor para intentar recuperar el casco antiguo, les gusta las cosas tal y como estaban, es decir: en ruinas. No sé si la culpa de esta decisión viene dada por el retraso de la administración en Extremadura (una comunidad muy aficionada a la burocracia lenta, en papel y a ser posible, con fotocopia triple); por la falta de delicadeza hacia los estudiantes; o por la pasividad de los políticos. Solo sé que, desde el punto de vista del estudiante de la facultad, supone dar tres pasos atrás.
Aquí os dejo una foto del famoso delito contra el paisaje que supone el "cubo" de la facultad, para que juzguéis vosotros. Por desgracia o casualidad*, no soy capaz de encontrar una foto de Badajoz antes de la construcción del cubo, para que se viera que antes de eso... solo había un trozo de muralla derribada y cascotes llenos de basuras.

* Sí, casualidad...
Más información en: El Hoy
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Br... Que frío empieza a hacer, puñetas. Y la gente aún pone el aire acondicionado, a tope además. Br...
Llevo unos meses extraños, en los que tardo más de lo normal en leer un libro. Quizá sea la elección de la lectura. O que tengo la vista cansada de estudiar/trabajar/estudiar/escribir.
Este mes, solo he leído lo siguiente:"El secreto de Christine"
Sipnosis: Un médico forense, Quirke, sorprende en su despacho a su hermano adoptivo, Malachy, también médico en el mismo hospital. Intrigado por el hecho de que el recto y admirable Malachy haya trastocado el historial de una muchacha (fallecida por infarto cerebral, según la falsa autopsia), decide ahondar un poco. De este modo, descubre que la chica, Christine Falls, murió desangrada durante un parto.
A partir de ahí, Quirke se mete en una trama en la que está implicada su familia, altos cargos del país y hasta un millonario americano... Todo ello ambientado en la Irlanda de la posguerra.
Al margen de las habilidades de John Banville/Benjamin Black para describir personajes, situaciones y una época tan peculiar; la obra en sí no me ha parecido que sea "género negro", como la han definido. Más bien es un drama con un toque de suspense, que hasta el mismo autor olvida a veces. Te da la sensación, mientras lees los capítulos interminables sobre el día a día de Quirke y sus relaciones con las personas que le rodean, que la trama de Christine Falls no importa mucho. De vez en cuando, el autor se acuerda, parece que piensa "Eh, que tengo que meter algo sobre la intriga", y deja caer un capítulo que aclara solo un trocito de la historia. En el medio, te mete la vida de todos los personajes implicados y sus turbias historias... pero sigue olvidando a la Christine del título. No hay motivación por el que el personaje de Quirke decide investigar (¿por que su mujer también murió en un parto? A la mitad de la novela, resulta que él tampoco la quería mucho). Se crea una falsa expectativa de "¿quién ha sido y porqué?" que no es real. Ya desde el principio, cualquier lector "mal pensado" llegaría a la conclusión de que la Iglesia está metida.
Pero no se puede criticar un libro solo por el contenido (es uno de mis defectos). Es cierto que Benjamin Black es un escritor con estilo propio. Describe tan bien que hace que sientas en todo momento lo que es estar en una taberna irlandesa a las 12 de la mañana, y hasta puedes oler las calles o sentir la niebla... Sin embargo, como lectora aficionada al género políciaco, esperaba más investigación o al menos un poco más de novedad.
Y otra duda que tengo es... ¿De qué te sirve publicar bajo pseudónimo, si después usan tu nombre real en la portada? (En la edición española, hay una etiqueta que pone: John Banville es Benjamin Black).
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P.d: ¡Me voy al Salón del Manga!
Y esta vez, me graparé el bolso a la ropa.
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