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Mira qué bonita...




Aunque parezca mentira, he encontrado este enlace buscando recursos de información sobre las elecciones (mi labor documental no tiene precio... Esta habilidad que tengo para encontrar cosas estúpidas debería patentarla).



Se trata de las típicas bolas de barro que hacen los niños en los recreos. En Japón, un profesor de primaria pensó que era un buen método para desarrollar la creatividad, y convirtió este pasatiempo de recreo en una actividad de clase... con tan buenos resultados que hasta se ha hecho popular y muchos colegios lo practican.



A mí me ha recordado a las bolas que hacíamos en la playa, cuando era niña. Montábamos una especie de "tienda de pasteles", con su producción ytodo. Unos iban a por el fango de la orilla con los cubos, otros formaban las bolas y los que quedaban las dividían en dos categorías: "pasteles de chocolate", y "pasteles de nata" (con arena blanca fina echada por encima).
Para más información: Pincha aquí.









Segundas partes nunca fueron buenas... En el cine, la segunda parte de una trilogía suele estar dedicada a la venganza del malo de la primera parte (que por supuesto, ni se ha muerto, ni se ha ido, ni tiene intención de dejar pasar la oportunidad de fastidiar al héroe de turno).
En este caso, las dos heroínas de la historia tuvieron que lidiar por segunda vez contra el vampiro que se había colado en su salón. Después de pasar el tiempo dormitando detrás de un cuadro (sic) Nosferatu salió a las 10:00 en punto para aterrorizar a la más hipnagógica de la familia.
En lugar de llamar al exterior, esta vez contaban con la ayuda del increíble "Escuadrón Murciélago": cuatro chicas valientes que, armadas con lo último en tecnología* para atrapar bichos, lograron que el enemigo escapara revoloteando por la ventana.


*Cepillo para barrer, pañuelos en la cabeza y una toalla empapada en Brandy de primera calidad (50 años).
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Esta ha sido la aventura de la Semana Santa. Los que dicen que "en casa nunca pasa nada", se equivocan...


Estaban las dos solas, en una casa de varios pisos. Era normal esa situación: una charlando por teléfono, la otra zapeando entre las cadenas del satélite buscando algo nuevo que ver. En el medio, varias tazas con el poso del café y un cenicero lleno de colillas. Afuera, la tormenta vespertina había dejado el aire limpio y las calles vacías.

Anunció su visita antes de entrar, agitando las alas para llamar la atención. Se colgó de la lámpara y lanzó su chillido de advertencia. En un primer momento, las muchachas ni levantaron la mirada. Llevaban toda su vida acostumbradas a esos pequeños insectos (polillas, mariposillas) que se colaban al atardecer por la puerta de la cocina y que acaban muriendo en las tulipas de las lámparas. Hasta que una levantó la vista y allí estaba, volando como en esas películas de serie B, un murciélago del tamaño de su mano.

Ocurrió muy rápido: las dos chicas ya estaban fuera del salón, gritando del asco, y encerraron al visitante en el salón, para que campara a sus anchas. De vez en cuando, la silueta de sus alas negras atravesaba el cristal y dejaba bien patente que allí estaba, y que tenía intención de permanecer.

Ellas hicieron lo que cualquiera hubiera hecho en su situación...

No, matar el murciélago, no...

Tampoco, entrar en el salón a pelear contra el monstruo, eso no...

Chillar y llamar a su hermano para que se ocupara del asunto, sí.

Mientras esperaban, a las dos se les ocurrió intentar abrir la ventana del salón desde la calle. Suerte que por allí no pasaba ningún coche ni ningún vecino: se hubiera encontrado con la extraña escena de dos chicas, una llevando a hombros a la otra, trepando por la ventana.

Cuando el "héroe" llegó a lomos de su coche, la ventana ya estaba abierta, y el murciélago parecía haberse volatizado. "Esto no ha sido nada, ya habrá salido" dijo el héroe tras registrar el salón.

Y las dos confiadas regresaron a sus quehaceres con la misma tranquilidad, sin saber que los ojillos del vampiro seguían observando la pantalla del televisor.


Continuará...